El ‘antiimperialismo’ de los idiotas

Translation by antimilitaristes-moc Valencia

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La indignación selectiva que solo se aplica a los ataques químicos. Caricatura de Yaser Ahmad

Una vez más, el movimiento “antiguerra” occidental se ha despertado para movilizarse en torno a Siria. Esta es la tercera vez desde 2011. La primera fue cuando Obama contempló atacar la capacidad militar del régimen sirio (pero no lo hizo) tras los ataques químicos en Guta en 2013, considerados una ‘línea roja’. La segunda vez fue cuando Donald Trump ordenó un ataque que golpeó una base militar vacía en respuesta a los ataques químicos contra Khan Sheikhun en 2017. Y hoy, cuando EE. UU., el Reino Unido y Francia toman medidas militares limitadas (ataques selectivos contra los activos militares del régimen e instalaciones de armas químicas) después de un ataque con armas químicas en Duma que mató al menos a 34 personas, incluidos muchos menores que se refugiaban de los bombardeos en los sótanos.

Lo primero que debemos resaltar de las tres principales movilizaciones de la izquierda “antiguerra” occidental es que tienen poco que ver con que se acabe la guerra. Más de medio millón de sirios han sido asesinados desde 2011. La gran mayoría de las muertes de civiles se han producido mediante el uso de armas convencionales y el 94% de estas víctimas fueron asesinadas por la alianza sirio-rusa-iraní. No hay indignación ni se finge preocupación por esta guerra, que siguió a la brutal represión del régimen contra manifestantes pacíficos y en favor de la democracia. No hay indignación cuando se lanzan bombas de barril, armas químicas y napalm en comunidades democráticamente autoorganizadas o en hospitales y trabajadores de rescate. Los civiles son prescindibles; las capacidades militares de un régimen genocida y fascista no lo son. De hecho, el lema “Manos fuera de Siria” realmente significa “No tocar a Assad” y a menudo se brinda apoyo para la intervención militar de Rusia. Esto fue evidente ayer en una manifestación organizada por Stop the War UK, donde se exhibieron vergonzosamente varias banderas del régimen y rusas.

Esta izquierda muestra tendencias profundamente autoritarias, aquella que coloca a los propios estados en el centro del análisis político. Por lo tanto, la solidaridad se extiende a los estados (vistos como el actor principal en la lucha por la liberación) en lugar de grupos oprimidos o desfavorecidos en cualquier sociedad dada, sin importar la tiranía de ese estado. Ciegos a la guerra social que ocurre dentro de Siria, los sirios (allá donde los hay) son vistos como simples peones en un juego de ajedrez geopolítico. Repiten el mantra ‘Assad es el gobernante legítimo de un país soberano’. Assad, que heredó una dictadura de su padre y nunca ha celebrado, y mucho menos ganado, una elección libre y justa. Assad, cuyo “ejército árabe sirio” solo puede recuperar el territorio que perdió gracias al respaldo de una mezcolanza de mercenarios extranjeros y con el apoyo de bombas extranjeras, y que están luchando, en general, contra rebeldes y civiles nacidos en Siria. ¿Cuántos considerarían legítimo a su propio gobierno electo si comenzara a llevar a cabo campañas de violación en masa contra los disidentes? Tal posición solo es posible por la deshumanización completa de los sirios. Es un racismo que ve a los sirios como incapaces de lograr, y mucho menos de merecer, algo mejor que una de las dictaduras más brutales de nuestro tiempo.

Para esta izquierda autoritaria, el apoyo se extiende al régimen de Assad en nombre del “antiimperialismo”. Assad es visto como parte del “eje de resistencia” tanto contra el imperio estadounidense como contra el sionismo. Poco importa que el propio régimen de Assad haya apoyado la primera guerra del Golfo, o haya participado en el programa de entregas ilegales de Estados Unidos donde los presuntos terroristas fueron torturados en Siria en nombre de la CIA. El hecho de que este régimen probablemente tenga la dudosa distinción de masacrar a más palestinos que el estado israelí es constantemente ignorado, como lo es el hecho de que está más decidido a utilizar sus fuerzas armadas para reprimir la disidencia interna que a liberar el Golán ocupado por Israel.

Este ‘antiimperialismo’ de idiotas es uno que equipara el imperialismo solamente con las acciones de los Estados Unidos. Parecen ignorar que Estados Unidos bombardeó Siria desde 2014. En su campaña para liberar Raqqa de Daesh, se abandonaron todas las normas internacionales de guerra y consideraciones de proporcionalidad. Más de 1.000 civiles fueron asesinados y la ONU estima que el 80 por ciento de la ciudad es ahora inhabitable. No hubo protestas en contra de esta intervención de parte de las organizaciones que dirigen el movimiento contra la guerra, ni llamadas para asegurar la protección de los civiles o de la infraestructura civil. En lugar de ello, adoptaron el discurso de la “Guerra contra el Terrorismo”, antaño dominio de los neoconservadores y ahora promulgada por el régimen, de que toda oposición a Assad es terrorismo yihadista. Hicieron la vista gorda cuando Assad llenaba su gulag con miles de manifestantes seculares, pacíficos y pro-democracia para matarlos por tortura, mientras liberaba a militantes islamistas de la cárcel. Del mismo modo, se han ignorado las continuas protestas en áreas opositoras liberadas contra grupos extremistas y autoritarios como Daesh, Nusra y Ahrar Al Sham. No se considera que los sirios posean la sofisticación necesaria para tener una amplia gama de opiniones. Los activistas de la sociedad civil (incluidas muchas mujeres sorprendentes), los periodistas ciudadanos y los trabajadores humanitarios son irrelevantes. Toda la oposición se reduce a sus elementos más autoritarios o se la ve como una mera correo de transmisión de intereses extranjeros.

Esta izquierda pro fascista parece cegada a cualquier forma de imperialismo que no sea de origen occidental. Combina la política identitaria con el egoísmo. Todo lo que sucede se ve a través del prisma de lo que significa para los occidentales: solo los hombres blancos tienen el poder de hacer historia. Según el Pentágono, actual­mente hay alrededor de 2.000 tropas estadounidenses en Siria. Por primera vez en la historia de Siria, Estados Unidos ha establecido una serie de bases militares en el norte controlado por los kurdos. Esto debería preocupar a cualquiera que apoye la autodeterminación siria, aunque palidece en comparación con las decenas de miles de tropas iraníes y milicias chiíes respaldadas por Irán que ahora ocupan gran parte del país, o los criminales bombardeos llevados a cabo por la fuerza aérea rusa en apoyo de la dictadura fascista. Ahora, Rusia ha establecido bases militares permanentes en el país y se le han otorgado derechos exclusivos sobre el petróleo y el gas de Siria como recompensa por su apoyo. Noam Chomsky una vez sostuvo que la intervención de Rusia no podía ser considerada imperialismo porque fue invitada a bombardear el país por el régimen sirio. Según ese análisis, la intervención de los EE.UU. en Vietnam tampoco fue imperialista, invitada como lo fue por el gobierno survietnamita.

Varias organizaciones pacifistas han justificado su silencio sobre las intervenciones rusas e iraníes argumentando que “el enemigo principal está en casa”. Esto los excusa de emprender cualquier análisis de poder serio para determinar quiénes son realmente los principales actores que impulsan la guerra. Para los sirios, el principal enemigo está realmente en casa: es Assad el que comete lo que la ONU ha llamado el ‘crimen de exterminio’. Sin ser conscientes de sus propias contradicciones, muchas de las mismas voces se han proclamado opuestas (y con razón) al ataque actual de Israel contra manifestantes pacíficos en Gaza. Por supuesto, una de las principales formas en que funciona el imperialismo es negar las voces autóctonas. Y así, las principales organizaciones occidentales contra la guerra celebran conferencias en Siria sin invitar a ningún ponente sirio.

La otra tendencia política más importante de haber apoyado al régimen de Assad y organizarse contra los ataques de EE.UU., El Reino Unido y Francia contra Siria es la extrema derecha. Hoy, el discurso de los fascistas y estos “izquierdistas antiimperialistas” es prácticamente indistinguible. En los EE.UU., el supremacista blanco Richard Spencer, el productor de podcasts de la derecha alternativa (alt-right) Mike Enoch, y la activista antiinmigración, Ann Coulter, se oponen a los ataques norteamericanos. En el Reino Unido, el ex líder de BNP, Nick Griffin, y la islamófoba Katie Hopkins se unen al clamor. El lugar donde convergen con frecuencia el alt-right y el alt-left (izquierda alternativa) es en torno a la promoción de varias teorías de conspiración para absolver al régimen de sus crímenes. Afirman que las matanzas químicas son banderas falsas o que los trabajadores de protección civil son Al Qaeda y, por lo tanto, objetivos legítimos de ataques. Aquellos que difunden tales informes no están en el terreno en Siria y no pueden verificar independientemente lo que reclaman. A menudo dependen de los medios estatales de propaganda rusos o de Assad porque “no confían en los media” o en los sirios directamente afectados. A veces, la convergencia de estas dos corrientes aparentemente opuestas del espectro político se convierte en una colaboración abierta. Es el caso de la coalición ANSWER, que está organizando muchas de las manifestaciones en EE.UU. contra un ataque a Assad. Con frecuencia, ambas líneas promueven narrativas islamofóbicas y antisemitas. Ambos comparten el mismo argumentario y los mismos memes.

Existen muchas razones válidas para oponerse a la intervención militar externa en Siria, ya sea por parte de EE.UU., Rusia, Irán o Turquía. Ninguno de estos estados está actuando en interés del pueblo sirio, la democracia o los derechos humanos. Actúan únicamente por sus propios intereses. Hoy, la intervención de los Estados Unidos, el Reino Unido y Francia no pretende tanto el proteger a los sirios de las atrocidades masivas sino el hacer cumplir una norma internacional de que el uso de armas químicas es inaceptable, por temor a que algún día se utilicen contra los propios occidentales. Más bombas extranjeras no traerán paz ni estabilidad. Hay poca intención de expulsar a Assad del poder, lo que contribuiría a terminar con la peor de las atrocidades. Sin embargo, al oponerse a la intervención extranjera, uno tiene que encontrar una alternativa para proteger a los sirios de la matanza. Es moralmente objetable, como mínimo, esperar que los sirios callen y mueran para proteger el principio superior del “antiimperialismo”. Los sirios han propuesto muchas veces alternativas a la intervención militar extranjera, que han sido ignoradas. Y entonces queda la pregunta, cuando las opciones diplomáticas han fallado, cuando un régimen genocida está protegido de la censura por poderosos apoyos internacionales, cuando no se logra detener los bombardeos diarios, poner fin a los asedios por inanición o liberar a los prisioneros torturados a escala industrial, Qué se puede hacer.

No me quedan respuestas. Siempre me he opuesto a toda intervención militar extranjera en Siria, apoyé el proceso liderado por Siria para librar a su país de un tirano y respaldé procedimientos internacionales basados ​​en esfuerzos para proteger a los civiles y los derechos humanos y garantizar la rendición de cuentas de todos los actores responsables de crímenes de guerra. Un acuerdo negociado es la única manera de terminar esta guerra y aún parece tan distante como siempre. Assad (y sus protectores) están decididos a frustrar cualquier proceso, buscar una victoria militar total y aplastar cualquier alternativa democrática que sobreviva. Cientos de sirios están siendo asesinados todas las semanas de la manera más bárbara imaginable. Los grupos extremistas y las ideologías están prosperando en el caos creado por el Estado. Los civiles continúan huyendo a miles a medida que se implementan mecanismos legales, como la Ley nº 10, para garantizar que nunca regresarán a sus hogares. El sistema internacional en sí mismo está colapsando bajo el peso de su propia impotencia. Las palabras ‘Nunca más’ suenan huecas. No hay un movimiento popular importante que se solidarice con las víctimas. Al contrario, son calumniados, su sufrimiento es negado u objeto de burla, y sus voces, ausentes de los debates o puestas en duda por personas lejanas, que no saben nada de Siria, la revolución o la guerra, y que arrogantemente creen que saben lo que es mejor. Es esta situación desesperada la que hace que muchos sirios den la bienvenida a la acción de EE.UU., Reino Unido y Francia y que ahora vean la intervención extranjera como su única esperanza, a pesar de los riesgos que saben que conlleva.

Una cosa es segura: no voy a perder el sueño por los ataques dirigidos contra las bases militares del régimen y las plantas de armas químicas que pueden proporcionar a los sirios un breve respiro de la matanza diaria. Y nunca seré una aliada de aquellos que ponen los discursos rimbombantes por encima de las realidades vividas, que apoyen regímenes brutales en países lejanos, o que promocionen el racismo, las teorías de la conspiración y la negación de las atrocidades.

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